Me senté en un banco, frente al río. El hombre llegó después. No dijo nada. Se sentó. Entonces empecé a hablar, como si lo conociera de siempre. Le conté cosas de mi vida: puertas cerradas, ventanas que ya no daban al mismo patio. Mientras hablaba, entendí algo: no me importaba que él escuchara. Lo que quería era usar su mirada como un cuarto vacío donde poner, por fin, mis cosas. Cuando terminé, él se levantó, caminó unos pasos, se detuvo y volvió la cara.
-Usted no es quien dice ser- dijo.
Y se fue.
Me quedé solo. Y supe que tenía razón.
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