La tendencia, se dijo, puede actuar por la fuerza. No es una metáfora: es una descripción. El mecanismo exige tres piezas. Primera: un territorio social donde la pertenencia sea el único bien de valor. Segunda: una amenaza creíble de exclusión. Tercera: la interiorización de esa amenaza, hasta que la víctima ya no distinga entre lo que quiere y lo que debe. Los experimentos de mediados del siglo pasado ya lo demostraron: un individuo solo, frente a un grupo que afirma lo falso, termina afirmando lo falso. Por pánico. El cerebro registra la disidencia como un error. Duele. Y el dolor, se sabe, enseña rápido. La política, entonces, no está sólo en los parlamentos. Está en la mirada del compañero de trabajo. Está en el algoritmo. Está en la norma invisible que castiga al lento, al raro, al que duda. Lo contundente es esto: cuando la tendencia coacciona, el responsable no es un tirano. Es cualquiera. Sos vos. Es la vecina. Es el gesto automático de aprobación que nadie decidió, pero todos ejecutan. La salida no es heroica: es modesta: detenerse. Preguntarse, antes de asentir, si ese asentimiento nace del deseo o del miedo. No siempre se podrá distinguir. Pero intentarlo, apenas intentarlo, ya es una forma de resistencia. Y en un mundo donde obedecer se ha vuelto reflejo, el que se detiene un segundo ya ganó.
sábado, 18 de abril de 2026
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