domingo, 19 de abril de 2026

ROSA

     Hay quienes coleccionan palabras de colores. Es un juego, quizás. Yo creo que casi todas tienen un tono opaco, ese que usamos para llegar hasta el final del día sin lastimarnos. "Gracias", por ejemplo, es gris. Un gris amable, pero gris al fin. Sirve, pero no ilumina. El mío, con las personas queridas, pretendo  que sea el rosa. No un rosa estridente. El rosa de lo que está maduro pero no cae. El que tienen los pétalos de ciertas flores cuando el sol ya se fue y ellas siguen abiertas por pura obstinación. Hay dos palabras que son rosa entero: "me quedo". No "me quedé". Eso es pasado, es memoria, es melancolía de museo. "Me quedo" es ahora. Es una decisión que se toma en el instante en que se dice. Y es tan frágil y tan fuerte como una hoja que decide no desprenderse. Cuando uno dice "me quedo" frente a alguien, no está prometiendo eternidad. Está haciendo algo más simple y más difícil: está eligiendo este minuto. Y el siguiente. Y el siguiente, mientras dure el coraje de no retirarse. A mí me gusta ver cómo se encienden los ojos de alguien cuando escucha esas palabras. No es sorpresa. Es un reconocimiento. Como si la persona pensara: "Ah, entonces esto era el rosa. Esto era lo que faltaba". Porque al final, con los años, uno aprende que no hay declaración más grande que una pequeña frase dicha en presente. No hay arquitectura más sólida que un "me quedo" pronunciado sin énfasis, casi sin voz, como quien pone una flor sobre una mesa y se sienta. Y ahí se queda.




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