Una persona vive años creyendo que las cosas se cortan con un cuchillo. Pero no. Las cosas se gastan. Como la suela de los zapatos. Un día todavía agarra el piso. Al otro, ya no. La suela sigue ahí, pero ya no agarra nada. Así es la cuestión. No hay un momento exacto. Hay un antes donde algo funcionaba y un después donde ya no. Y en el medio, nada. Sólo el uso. Sólo ese gesto de poner el pie, cada día, en el mismo lugar. Por eso la gente se equivoca cuando busca el instante. El instante no existe. Existe la costumbre que desgasta. Existe la palabra que se dice por última vez. Existe el gesto que se repite por inercia y que, de pronto, ya no significa nada. Lo simple es esto: darse cuenta de que el final no es un punto. Es una mancha. Algo que se vuelve difuso hasta que un día uno mira y ya no está. Y no hay modo de saber cuándo pasó. Pasó. Y punto. Esto que estás leyendo ya se está terminando. No de golpe. Como se gastan las suelas de los zapatos: de tanto caminar. Nada drástico. Un día caminás y te resbalás. Y ahí entendés. Pero ya es tarde. Las suelas ya no están.
miércoles, 22 de abril de 2026
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EL DESGASTE
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