Uno se levanta y piensa: este día va a doler. Pero no es el día. Es la idea del día. Esa vocecita que dice: otra vez lo mismo. Pero la mañana tiene algo que esa voz no dice: la luz, esta vez, es distinta. El pájaro que canta no es el de ayer. El agua de la ducha, por un segundo, sale más caliente. Son cosas chiquitas. Casi nada. Uno puede decidir verlas. O puede decidir no verlas. El secreto está ahí. En ese segundo. En esa decisión. Porque la vida, por lo general, no cambia con grandes sacudones. La vida cambia cuando uno sirve el mate y siente el calor en las manos. Cuando escucha al vecino toser y piensa: ojalá que esté bien. Cuando pisa una hoja seca y le gusta el ruido. No hace falta tirar nada. No hace falta comprar un pasaje. Tal vez en otro lugar las cosas funcionen mejor. Tal vez no. Eso no lo sabe nadie. Pero mientras tanto, acá, el agua corre, el sol sale, el día se pone en marcha. Y en ese estar atento, de repente, algo se afloja. No es que el miedo desaparezca. Es que ya no surte el mismo efecto. Como cuando una música muy alta, de golpe, baja de volumen. El sonido sigue ahí, pero ya no vibra en los huesos. Como cuando la respiración, por fin, encuentra su propio ritmo. No es la felicidad. No se trata de eso. Es un respiro. Y con eso, por ahora, alcanza para vivir.
miércoles, 22 de abril de 2026
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