Ocurre de noche. No antes. Durante el día, las cosas están en su lugar. Visibles. La luz ordena. Pero cuando se apagan las luces y todo queda a oscuras, la casa se vuelve más chica. El silencio pesa. Y ahí vuelven ellos. No llaman. Ya están. Como si hubieran esperado quietos en algún rincón. Se sientan al borde de la cama. Se acomodan en la silla vacía. Uno los reconoce enseguida: son las cosas que no pudo resolver, las palabras que no dijo, esa mano que no se animó a extender. La soledad, que durante el día se esconde detrás de las tareas, de pronto se siente. Se puede tocar. Llena la habitación. Uno cierra los ojos. Piensa: si no los miro, se van. Pero no se van. Se quedan ahí, quietos, como animales que encontraron un lugar tibio. Y lo peor no es que estén. Lo peor es que uno se acostumbra. Termina por hablarles bajito, por hacerles un lugar en la cama, por prepararles una taza de té. Hasta que una noche uno se da vuelta y les dice: ya está. Sin bronca. Con ese cansancio limpio que viene después de un trabajo bien hecho. Entonces ellos se levantan, uno por uno, y caminan hacia la puerta. No se despiden. Salen. Y la casa, de pronto, recupera su tamaño. Ya no sobra nada. La oscuridad es sólo oscuridad. La soledad es sólo eso: un cuarto vacío, con los muebles en orden, esperando el nuevo día.
viernes, 17 de abril de 2026
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