Una era termina sin hacer ruido. No es por una decisión. Termina porque sí, como se acaba el pan sobre la mesa. Uno mira alrededor y ya no quedan ni migas. Entonces comprende: aquello que fue ya no será. No duele. Se ve. La era anterior funcionaba con ciertas reglas. Uno sabía cómo hablar, cómo querer. De pronto, esas reglas no existen: son como un mapa de una ciudad destruida. Y ahí empieza la otra era. Vacía. Blanca. Sin instrucciones. No da miedo. Da lo que da mirar un campo recién arado. Todavía no hay semillas, pero la tierra está abierta. Y con eso ya hay algo. Lo que cura es ese silencio: no tener que hacer nada más que estar ahí, entre lo que se fue y lo que todavía no llega. Uno cierra una puerta. No sabe si hay otra. Pero la mano, sin pensarlo, busca el picaporte. Eso es empezar otra vida.
miércoles, 15 de abril de 2026
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