Uno mira el mar. El mar está ahí. Siempre. Es grande. Es verde o azul. Se mueve. No hace ruido, pero tampoco silencio. Hace lo que hace. Uno se sienta en la arena. O en una reposera. No importa. Mira el agua que llega y se va. Una y otra vez. No hay nada que entender. No hay nada que sentir. Eso es lo bueno. El mar no pide nada. No dice nada. Sólo está. Uno mira. La cabeza se vacía. Los hombros bajan. Uno se olvida de la contractura. Entonces no hay cuerpo dolorido. No hay cansancio. Sólo el mar. Y uno que mira. El mar, el mar. Y no pensar nada. Eso es todo. Eso es hermoso, porque es lo único que nunca miente. Y uno, al fin, se parece al mar.
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