En estos tiempos no hay coherencia. El sistema premia lo que dice odiar. La codicia, el egoísmo, la mezquindad, la traición: ésas son las herramientas del triunfo. La bondad, la generosidad, la honestidad, la ternura: ésas son las cosas que te hunden. No es una opinión. Es un hecho. Miremos las vidrieras. Los nombres grabados en bronce. Las cuentas bancarias que crecen. El que acumula, asciende. El que comparte, desaparece. La franqueza incomoda. La comprensión retrasa. El sentimiento no cotiza en bolsa. Y sin embargo decimos: qué bueno es ser bueno. Lo decimos mientras miramos de reojo al que pisó cabezas y llegó arriba. Lo decimos, pero educamos a los hijos para que ganen, no para que compartan. El sistema es claro. Si usted quiere el aplauso, pise. Si quiere la paz, siéntese en un banco y espere el olvido. Los valores que en teoría adoramos son los pasajes directos al fracaso. Los rasgos que en teoría detestamos son las llaves del poder. Uno puede quejarse. Pero no puede negarlo.
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