Llegó a la estación. Compró un boleto. Miró el reloj: faltaban tres minutos. Se sentó en un banco. Se quitó el zapato izquierdo. Dentro había una piedra. La sacó. La miró un instante. La guardó en el bolsillo. Volvió a calzarse. Miró el reloj otra vez. No faltaba nada. Corrió hacia el andén. El tren ya estaba allí, con las puertas cerradas. El guarda silbó. El tren se fue. Llegó y se le hizo tarde en tres minutos. Maldijo en voz baja. Decidió esperar el siguiente. Una hora después supo que ese tren había descarrilado. Doce personas sobrevivieron. Él no iba en ese tren. Salió de la estación. Llovía. No llevaba paraguas. Caminó bajo la lluvia. Nunca supo por qué esa piedra había llegado a su zapato. Nunca supo por qué esos tres minutos fueron exactamente los que necesitaba. Pero a veces, de noche, pensaba en esa piedra. Y entonces le daba las gracias.
lunes, 15 de junio de 2026
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TRES MINUTOS
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