La vida se ha vuelto un producto. Se mide por lo que se muestra, no por lo que se siente. Las personas actúan para ser vistas. Acomodan lo que hacen y lo que dicen a lo que el otro espera. La aprobación ajena se convierte en el único espejo. Pero ese espejo no devuelve una imagen propia, sino la que el otro quiere ver. El precio de esa operación es sencillo: se pierde la identidad. Se sabe qué gusta, pero no qué se es. Se sabe qué conviene, pero no qué se necesita. La vida se vuelve una serie de cálculos. La pausa, la duda, lo que no se muestra, se descarta como inútil. Cuando el éxito llega, no hay nadie. Sólo queda el número aprendido, el truco que la audiencia aplaude. La fiera está domada. Y el domador, ese que la doma, es uno mismo. Uno es el que aplaude y el que salta, el que exige y el que obedece. No hay verdugo fuera. El verdugo está adentro, sentado en la butaca, viéndose actuar.
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miércoles, 5 de agosto de 2026
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