De tanto hablar, nos quedamos sin sentido. Llenamos el mundo de palabras sueltas, como quien tira papeles al piso. Los chicos crecen entrenados para hacer ruido, no para entender. Saben repetir, pero no escuchar. En las pantallas, todo es rápido, igual, vacío. Un gran bla, bla, bla que aplasta cualquier diferencia. La cultura se vuelve, entonces, un montón de datos sin orden. Y lo simple, lo bello, lo que necesita silencio, ya no entra. Mejor callar un rato. Porque hoy, el que no habla es el único que tiene algo para decir.
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