martes, 9 de junio de 2026

APRENDER A ACOSTARSE

     Uno se acuesta. Apaga la luz. La habitación se vuelve grande, oscura. No ve nada. Pero siente. Primero, lo que pasó. El día se mete en la cama. Las cosas que dijo. Las que no. Ese gesto que salió mal. Esa palabra que no volvió. Todo eso está ahí, pegado al cuerpo, pesado. Después, lo que va a pasar. Mañana. La semana que viene. Lo que hay que hacer. Lo que puede salir bien. Lo que puede salir mal. Todo eso también está ahí. Uno, en el medio, acostado. Sin correr. Sin esconderse. Pero entonces, sin pensarlo, la respiración cambia. Se hace más lenta. El cuerpo empieza a soltar. Los dedos. Los hombros. Ese lugar entre las cejas que siempre está apretado. Y ocurre: el pasado deja de doler. No porque se vaya. Sino porque uno deja de agarrarlo. Y el futuro deja de asustar. No porque se resuelva. Sino porque uno deja de querer resolverlo ahora. Sólo queda el peso del cuerpo en la cama. El aire que entra y sale. Eso es acostarse. Aprender a no hacer nada. A que el mundo gire solo. A que el mañana llegue sin que uno tenga que levantarse a recibirlo. Y ahí, sin avisar, viene el sueño. Quieto. Sin palabras. Sin control.




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