Uno tiene una pared blanca enfrente. Todos los días. La mira mientras toma mate. La mira mientras se ata los cordones. La pared está ahí, y uno ya no la ve. Pero una noche, sin que ocurra nada especial, apoya la mano en esa pared. Y la pared se abre. No es magia. Es que uno siempre supo que podía abrirse. La abre todas las mañanas para ir a trabajar. Pero esa noche no va a trabajar. No va a ningún lado. Sólo mira lo que hay del otro lado. Hay aire. Nada más. Aire quieto, de noche. Uno se queda ahí, con la mano en el marco. No sale. No entra. Sólo mira. Después cierra. Vuelve a la cama. Al otro día, la pared sigue siendo blanca. Pero uno ya sabe que atrás no hay ladrillo. Atrás hay un hueco. Y en ese hueco cabe un gesto que aún no hizo. Tal vez uno nunca vuele. Pero esa noche aprendió que el aire existe. Y eso, para alguien que vivió siempre contra una pared, es casi lo mismo que volar.
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APRENDIENDO A VOLAR
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