Camino esas calles que ya no son las mías. Las aprendí de memoria hace décadas, pero ya no me pertenecen. El supermercado de la esquina ahora es una colchonería, y esa esquina es la de la escuela. La escuela sigue ahí, claro, con sus puertas altas y ese olor a lápices y paciencia. Pero la esquina cambió de negocio como quien cambia de religión. El árbol donde aquel muchacho se sentaba a fumar fue arrancado, y en su lugar pusieron una pista de skate. Lo busco igual. Lo busco doblando en Pringles, en Humberto Primo, en cada esquina que él recorría con la arrogancia de quien cree que el tiempo es un aliado. No lo encuentro, claro. Él nunca pisó esta ciudad nueva. Pero hay algo suyo que se quedó: una manera de enfrentar la mañana, un gesto al encender la luz, la costumbre de no pedir disculpas por existir, tampoco ayuda. Entiendo ahora que envejecer no es perder. Es dejar de creer que la posesión define el amor. La única certeza es saber que aquel muchacho no necesita verme para estar bien. Él hizo lo que pudo. Yo hago lo mismo. Sigo caminando. No hay reconciliación posible porque nunca hubo pelea. Sólo esto: las calles, el paso, y la paz de quien ya no busca a nadie.
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