Antes de que existiera, ya sabía cómo se reía. Una noche soñé con el peso exacto de su cuerpo sobre el pecho. El cerebro, se dice, anticipa el futuro, lo ensaya para que el presente resulte reconocible. Así supe de él, de mi hijo. La ecografía, meses después, no hizo más que confirmar una certeza que ya tenía. Algo semejante me ocurrió en una ciudad que pisaba por primera vez. Bajé del coche y supe que aquel era el lugar. Sin razones, apenas unos datos menores: la luz, la tranquilidad de sus calles, me hicieron elegir. Y supe, también, que allí quería que crecieran mis hijos, sin que nada más lo justificara. Con una persona, igual. Intercambiamos tres frases: su nombre, su oficio, una excusa por la demora. La mayoría arma con eso un retrato; yo supe, sin datos, que aquella presencia sería decisiva. La razón me dijo que no había fundamentos. Pero hay saberes que llegan antes que las pruebas -porque si vinieran después, no servirían de nada-. Cuando supe que ella vendría, tampoco nadie necesitó confirmármelo. No había ecografía, no había nombre, y ya conocía su rostro. Una certeza anterior a toda información, tan precisa como la que había tenido con su hermano. Cuando al fin estuvo frente a mí, no fue un encuentro: fue un reconocimiento. Su risa, su modo de estar, el mínimo gesto al inclinar la cabeza: todo eso ya lo sabía. No era magia: ya lo sabía antes de verlo. Entonces entendí que ciertas presencias no se eligen: se constatan. Como los hijos que nacen, como la ciudad que se vuelve casa, como esa persona que va a doler o va a salvar. Uno sabe, y ese saber anterior a la razón es lo único que importa. Porque al final no nos define lo que llega, sino lo que siempre supimos sin saber que lo esperábamos.
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LA MEMORIA DEL FUTURO
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