La pantalla no devuelve la mirada. Los otros están ahí, pero no llegan. Nadie pregunta por el temblor anterior a la palabra. Exhibir un defecto parece una derrota. Uno se refugia en lo seguro, ofrece una sonrisa en el momento exacto, pero oculta lo que verdaderamente siente. Cree que así no sufrirá. Sin embargo, esa forma de vivir vacía todo. El otro se vuelve un extraño. El amor, entonces, se transforma en un intercambio frío. Y la felicidad -que sólo es posible cuando uno se arriesga- se convierte en una utopía. La tecnología no hace más que acentuar ese ciclo: ofrece contactos sin roce, cercanías sin peligro. Promete compañía y entrega soledad. Pasa el tiempo. Uno descubre que se resguardó del dolor, pero que ha perdido la capacidad de conectar. El arrepentimiento no proviene de lo que dolió, sino de lo que no se animó a vivir. Se comprende tarde que el muro que se levantó por protección es el que oculta la luz. Ya no hay nadie del otro lado. Sólo queda la pantalla, fría, apagando lo que pudo haber sido.
domingo, 26 de julio de 2026
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AFUERA
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