Las cosas que no cierran bien. Las grietas que apenas remendamos. Los sueños que salvamos del barro. La ventana que nunca se cierra del todo. Son ellos los que dejan pasar la luz. El viento, en rigor, no es más que una excusa. La luz pasa porque alguien decide que pase. Lo perfecto se posee. Poseerlo es terminarlo. Lo imperfecto, en cambio, se sostiene. Pide manos. Pide una decisión renovada. Eso -elegir sin pausa- es lo único que nos aleja de la quietud. Cerrar del todo es el error de quienes confunden tener con ser. Dejar una rendija, en cambio, es el oficio de quienes saben que estar en lo que aún no se termina es la única forma de no desaparecer.
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LAS COSAS QUE NO CIERRAN
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