Quien viaja en tren elige el horario, pero el destino ya está en la mesa servida que lo espera. Quien viaja en micro elige el asiento, no el lugar donde baja; la parada es siempre la misma. Quien espera no fijó esa parada, sólo supo estar ahí en el momento justo. Quien viaja en auto elige la ruta, escribe una dirección; el sistema marca una línea que él cree dibujar, pero esa línea lleva a una casa donde alguien ya encendió la luz. La mesa, la esquina, la casa: cada espera tiene su preparación. Pero lo importante es que, cuando el viajero baja, el otro está. No porque haya elegido la parada, sino porque eligió estar. El viajero cree que decide, pero lo único que elige es el vehículo. El final siempre es del otro. Quien espera no mira el mapa ni el camino; sólo permanece en su lugar, con la certeza de que el viajero, elija tren, micro o auto, siempre terminará bajando exactamente donde él está. Porque el destino no se mide en kilómetros ni en líneas: se mide en la decisión de estar
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