Mi padre ya no está. Pero lo veo, todas las mañanas. Leyendo el diario. Antes de abrir el local. Quería saber. Se anticipaba. A los movimientos, a los precios, a la escasez. Administraba. Como si el futuro ya estuviera escrito y él lo leyera primero. Yo, al tomar un expediente, hago lo mismo. Busco. El punto débil. La pieza que falta. El error que vendrá. Quiero la perfección. Mis hijos, en sus pantallas. No buscan otra cosa. La falla, antes de la falla. La anomalía, antes del estallido. No continué su negocio. Ellos no adoptaron mis leyes. Llevamos el mismo modo de mirar. Ese modo no se enseña. Se lleva en la sangre. Ser hijo es aprender a ver cómo el padre anticipa. Ser padre, años después, es descubrir que uno anticipa igual. El mismo gesto. Distinto nombre. Mi padre se fue. Pero su manera de estar en el mundo, sin decir palabra, sigue. En mis manos. En las de ellos.
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EL PATRÓN DE LA MIRADA
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