viernes, 26 de junio de 2026

TINTA SECA

     Un hombre tenía una caja. Dentro, papeles. En cada papel, una vida posible. No eran sueños. Eran cálculos. Si hacía esto, pasaba aquello. Si tomaba aquel tren, conocía a esa mujer. Si firmaba ese documento, perdía todo el dinero. El problema no era la falta de opciones. El problema era que las veía todas. Porque una decisión de verdad, pensaba, duele. Implica cerrar una puerta. Pero allí, en esa caja, todas las puertas estaban abiertas al mismo tiempo. Vivió así cuarenta años. Cansado, pero sin sueño. Vivo, pero sin peso. Una mañana, tomó una lapicera. No para escribir. Para tachar. Agarró el primer papel. Trazó una raya negra, horizontal. Ya no había camino. Había tinta. Agarró el segundo. Otra raya. No eligió una ruta. Eliminó todas. Cuando terminó, la caja estaba llena de líneas negras. El futuro ya no existía. Sólo quedaba la mesa, la luz de la ventana, la lapicera entre los dedos. Sintió miedo. Luego, un cansancio distinto. Un alivio. Se levantó, abrió la puerta de su casa y salió. No sabía adónde iba. Pero por primera vez, cada paso que daba era un paso sin red. Caminó hasta el final de la calle. Giró a la derecha. No porque hubiera calculado que era la mejor opción. Sino porque había que girar, y ya no existía el mapa para decirle lo contrario. Y en ese giro, en esa torpeza de vivir sin respaldo, encontró la única certeza que vale la pena: que la vida se parece a una línea recta, dibujada a mano, que tiembla un poco, pero que nunca se borra.




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