Extrañar es amar en tiempo presente. No es un error ni una falla. Es la manera más nítida que tiene el amor de decir que aún permanece, aunque la persona no esté. No se extraña lo que se olvida; se extraña lo que se eligió, lo que se dejó entrar. La distancia no lo apaga; al contrario, lo enciende. Porque el amor no precisa del contacto para ser verdadero: precisa de la memoria. Y la memoria, cuando ama, no olvida. Extrañar duele, a veces. Pero duele como duele el músculo tras un buen esfuerzo: no es un castigo, sino la prueba de que algo vivo trabaja en el interior. No se extraña a cualquiera; se extraña a quienes importan, a quienes uno llevaría consigo si pudiera, a quienes, aunque no estén, están. Extrañar, entonces, no es carencia: es presencia diferida, el amor que espera. Y eso, en el fondo, es un lujo.
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PRESENCIA DIFERIDA
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