El arco amarillo no vende comida. Vende tiempo: el tiempo que no tenés que esperar. El hambre, antes, era espera. Ese vacío que crecía mientras la olla hervía, mientras la mesa se armaba. El arco amarillo borró esa espera. Ahora el hambre es un reflejo: la ves, la saciás, la olvidás. El gesto se repite hasta ser automático. No compramos porque decidimos. Compramos porque vemos la letra eme y la mano ya va al bolsillo. La oferta llega antes que la pregunta. El objeto, antes que el deseo. Caemos todos. No por débiles. Porque ya no hay pausa donde elegir. El consumismo no nos vuelve voraces. Nos vuelve automáticos. Nos roba el hambre y la reemplaza por un tic. La salida es una pausa. Antes de comprar, detenerse. Mirar la eme y no mover un dedo. Ese instante quieto es lo único que aún nos pertenece. El hambre, esperando, vuelve a ser nuestra.
miércoles, 12 de agosto de 2026
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BAJO EL ARCO
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