lunes, 29 de junio de 2026

HECHO

     La cuestión es sencilla: uno se levanta, prepara el mate, ordena los papeles que han quedado sobre la mesa. Nada épico. Y, sin embargo, allí está la vida. No la vida excepcional, sino la que efectivamente ocurre. El problema con la fama es que promete lo que no puede cumplir: permanencia, cuando ofrece apenas un destello; significado, cuando otorga sólo visibilidad. En cambio, lavar los platos no promete nada. Simplemente, los platos quedan limpios. Y esa limpieza es un hecho. No un símbolo. No una metáfora. Un hecho. La madurez, quizá, consista en dejar de exigirle a la vida que sea extraordinaria. En aceptar que el milagro no es convertir el agua en vino, sino servir el agua con la misma atención con que otros servirían el vino. No se trata de humillarse, sino de comprender que la grandeza, si existe, reside en la precisión del acto repetido: en la forma de tender la cama, en la puntualidad con que se pone la mesa. Uno podría pensar que eso es poco. Pero es todo. Porque lo que se hace sin testigos es lo único que no se falsifica. Lo que se hace para que otro lo vea siempre tiene un margen de mentira. Lo que se hace porque sí, porque hay que hacerlo, porque es la hora y la sábana espera, eso es verdadero. Así, al final del día, uno mira lo que ha hecho. No hay aplausos. No hay reconocimiento. Pero hay una mesa ordenada, una cocina limpia, una casa que respira. Eso es más que suficiente. De hecho, es lo único que nunca falla. La fama pasa. Los platos sucios vuelven. Pero la decisión de lavarlos con cuidado, esa decisión, se repite. Y en esa repetición, que no es heroica ni grandiosa, se sostiene todo.




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