domingo, 30 de agosto de 2026

CLARA

     El púrpura cayó durante días -una mezcla rara de cielo y de sangre- y no quedó árbol, ni casa, ni rostro que no llevara su mancha. Miré mis manos: allí estaban los golpes que había dado, las palabras que no dije, las puertas que cerré. Cada error se veía como una herida abierta. Pero el agua, de pronto, cambió. Se volvió clara, y ya no tiñó: apenas mojó. Levanté la cabeza. Alguien tomó mi mano. Eran aquellos a quienes había lastimado. No hizo falta decir nada. El perdón ya estaba dado, mucho antes de que yo supiera pedirlo. La lluvia corrió por nosotros y se llevó todo lo que habíamos sido. Entonces, sin soltarme, ellos siguieron caminando. Yo también. La tormenta no había terminado. El púrpura, en algún lugar, seguía cayendo. Pero ya no sobre nosotros.





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