El púrpura cayó durante días -una mezcla rara de cielo y de sangre- y no quedó árbol, ni casa, ni rostro que no llevara su mancha. Miré mis manos: allí estaban los golpes que había dado y recibido, las palabras que no dije y las que no escuché, las puertas cerradas ante mí. Cada error se veía como una herida abierta. Pero el agua, de pronto, cambió. Se volvió clara, y ya no tiñó: apenas mojó. Levanté la cabeza. Alguien tomó mi mano. Eran aquellos a quienes había lastimado. No hizo falta decir nada. El perdón ya estaba dado, mucho antes de que yo supiera pedirlo. La lluvia corrió por nosotros y se llevó todo lo que habíamos sido. Entonces, sin soltarme, ellos siguieron caminando. Yo también. La tormenta no había terminado. El púrpura, en algún lugar, seguía cayendo. Pero ya no sobre nosotros.
domingo, 30 de agosto de 2026
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
DUENDE
En Japón lo llaman wabi-sabi. No se trata de que lo roto sea bello. Es que, a veces, en lo roto, aparece algo. La voz gastada de Robert...
-
Uno piensa una cosa, y dice otra. O promete algo, y no lo realiza. Es una ruptura. Un desgarro. Si se repite, cansa. La opción es simpl...
-
Una puerta. Está el afuera, y el adentro. Abrir es un acto sencillo: permitir el paso de un lado al otro. La dificultad reside en lo q...
-
Un hombre cruza la calle. Lleva las manos en los bolsillos y camina como si ya supiera adónde va. En la esquina, una mujer espera el c...
No hay comentarios:
Publicar un comentario