lunes, 31 de agosto de 2026

LA DESPEDIDA DEL CAPITÁN

     Messi se va. No es una noticia. Es una tristeza que se siente en el aire. Veinte años. Veinte años siendo el centro de un país que no sabía bien qué hacer con su propia grandeza, y no tuvo mejor idea que ponerla sobre los hombros de un pibe de Rosario. Y él, durante todo ese tiempo, aceptó el peso sin quejarse. No porque fuera fuerte. Sino porque no conocía otra manera de estar en el mundo. Pero hay un momento, en la vida, en que uno descubre que la manera de estar en el mundo puede ser otra. Que uno puede, simplemente, ser sin tener que demostrar nada. Los hijos crecen y uno los mira desde lejos. No los retiene. Los deja ir porque sabe que retenerlos sería condenarlos a ser siempre niños. Y Messi, de algún modo, fue el hijo de todos nosotros. El que cargaba nuestras esperanzas como quien carga una mochila que ya no le pertenece. Hasta que un día, sin aviso, la deja en el piso y sigue caminando. No es abandono. Es el acto más generoso: decir "basta" para que el otro aprenda a caminar solo. Argentina, ahora, tendrá que inventar su propio fútbol sin él. Y eso, aunque duela, está bien. Porque el amor verdadero no es el que resuelve, sino el que deja espacio para que el otro resuelva. Messi se retira, pero no se va. Se corre a un costado. Y desde ahí, desde ese lugar que ya no es el centro, mira lo que construyó sin la necesidad de sostenerlo. Porque lo construido, cuando está bien hecho, se sostiene solo. Como los hijos que ya no necesitan la mano. Como las etapas que se cierran sin ruido. No se trataba de ganar todo. Se trataba de estar. Y él estuvo siempre. Hasta el último segundo en que estar tuvo sentido. Después de eso, lo único que queda es la gratitud de haber presenciado algo que jamás volverá a repetirse. Y entonces, cuando el estadio esté vacío y el silencio ocupe el lugar de los gritos, entenderemos que no se fue: se quedó en cada pelota que tocó, en cada tarde que nos hizo creer, en cada instante en que, sin saberlo, nos enseñó que la grandeza no está en ganar, sino en creer hasta el final. Duele porque se va. Pero emociona porque, en el fondo, nunca se irá del todo.



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