Hay un peso que no cae. Se queda. En la bisagra de una puerta que ya no cierra bien, en el filo de una herramienta que ya no corta, en el plomo de una cañería vieja. La historia no se fue: se instaló en la densidad de las cosas. Richard Rohr, que mira con paciencia, llamó a esa densidad lágrimas. Pero no son tristes. Son exactas. Como el agua que queda en un vaso después de beber. Ese resto es lo que somos. Lo que hicimos. Lo que toleramos que se hiciera. No hay horror que no haya dejado su capa mineral. No hay indiferencia que no haya sumado una línea al dibujo total. Y sin embargo, la cuestión no es cargar. Es saber que todavía se puede no agregar. Que la evolución no es volverse más alto, sino más ancho. Más capaz de contener al otro sin aplastarlo. La pregunta no es si el mundo es injusto. La pregunta es si, sabiéndolo, vamos a engrosar la mancha o a trazar un borde que la contenga. No se trata de olvidar. Se trata de no hacer más de lo mismo. Porque retroceder, en esto, no es andar hacia atrás: es afirmar que el odio es un camino válido. Y ya sabemos adónde llevan los caminos válidos. Terminan en una puerta que no cierra bien, en una herramienta que ya no corta, en una cañería que gotea sin parar. Basta con no sumar. Basta con, al menos, no ser esa gota.
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LAS LÁGRIMAS DE LAS COSAS
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