El hombre permanecía sentado. Llevaba horas sin moverse. El lápiz, en la mano, inútil. Entonces recordó aquella tarde, años atrás, en la cocina de su abuela. Ella, mientras cocinaba, soltó de pronto: "A veces las cosas más ciertas no pueden decirse". Él era joven y aquello le sonó a frase hecha, bonita. Ahora sabía que no era bonita. Era verdad. Y punto. Miró la hoja en blanco. No había nada que escribir. No porque careciera de algo, sino porque tenerlo era justamente el problema. Cuando algo está demasiado adentro, sacarlo es romperlo. Eso lo devolvía a la infancia, a las siestas sin ruido, a las mañanas en que el tiempo simplemente pasaba. Extrañaba eso. Extrañaba aquella facilidad para estar sin tener que ser. Pero ya era mayor. Y ser mayor significaba esto: saber que hay cosas que duelen sin motivo, que ocupan un lugar en el pecho. No eran recuerdos. No eran culpas. Era apenas la certeza de que el mundo sigue y uno sigue, y entre ambos hay un espacio que no se llena ni con palabras ni con silencios. Él quería llenarlo. No con grandes ideas. Con algo simple: poder decir "esto es lo que siento" y que no se desarmara al decirlo. Pero cada vez que lo intentaba, se le escapaba. Entonces se quedaba callado, como ahora. Afuera, una moto pasó. Un perro ladró. Todo seguía su curso. Él seguía ahí, sin escribir, sin levantarse. Y entonces, sin buscarlo, lo sintió completo: ese miedo que ya no era sólo miedo, sino ganas de algo más, algo que no se nombra pero se siente. No importaba cómo llamarlo. Importaba que estaba ahí. Después de un rato, se levantó. Guardó el lápiz en el cajón. No necesitaba usarlo. Alguien, en algún lado, había dicho una vez que uno escribe para saber qué piensa. Él no. Él se quedó quieto para saber qué sentía. Y lo supo.
domingo, 5 de julio de 2026
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COSAS CIERTAS
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