Las historias no comienzan de la nada. Nadie inventa algo que no tenga un pie en otra parte. Lo que llamamos comienzo es, en realidad, el momento en que alguien se decide a cruzar una puerta. Pero esa puerta ya estaba. La hizo otro, la colocó otro, la usó otro. Uno llega y la empuja, nada más. El error está en creer que el primer paso es el más original. No lo es. Es sólo el que uno da, y ya antes de darlo el piso estaba gastado por los que pasaron. La verdadera cuestión no es empezar, sino saber qué puerta abrir. Porque hay muchas, y cada una da a un cuarto distinto, pero todos esos cuartos están conectados por pasillos que otros construyeron. Uno elige, pero no elige de la nada: elige entre lo que ya le ofrecen. La libertad, entonces, no está en crear el punto de partida. Está en mirar las puertas y decidir cuál vale la pena atravesar. Y al hacerlo, asumir que lo que viene no es propio, sino heredado. Que uno no es el dueño de la historia, sino el que la sigue, el que la empuja un poco más allá. El final tampoco es un cierre. Es simplemente el momento en que uno deja de abrir puertas. No porque no haya más, sino porque entiende que todas llevaban al mismo lugar. Entonces apoya la mano en la última, la cierra sin ruido, y se va. La historia no termina. Sólo deja de necesitar que alguien la atraviese.
jueves, 3 de septiembre de 2026
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HERENCIA
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