El invierno no es una estación del año. Es un humor. Uno se termina acostumbrando. Los días son todos iguales, uno tras otro, y las rutinas también. Abrís la puerta, la cerrás, y adentro todo sigue exactamente igual. El amor no viene a solucionar eso. Viene a decirte que se puede hacer algo distinto. No es cuestión de que te den, es cuestión de que des. De mirar a alguien y decir "de esto me encargo yo". Entonces ponés una maceta en la ventana. Todas las mañanas hay que echarle agua. No hay más ciencia que esa: hacerlo siempre. La esperanza, al final, es eso: hacer una y otra vez lo mismo sin que te canse. Te puede pasar a los veinte, te puede pasar a los setenta. La edad no es la que manda. Lo que manda es el momento en que dejás de dar vueltas al pasado y te ponés a hacer. Y un buen día, sin darte cuenta, la tierra se abre. Aparece un tallo verde, finito, que no estaba antes. Y después otro. Y después una hoja. Y después, cuando menos lo esperás, la flor está ahí. La mirás, y te das cuenta de que nunca fue la flor. Siempre fue esa mano que se estiraba todas las mañanas sin esperar nada a cambio. Pero la flor llegó igual. Como premio, como señal, como recordatorio de que las cosas que se cuidan, tarde o temprano, terminan floreciendo.
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FLORES EN LA VENTANA
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