La máquina resuelve, pero no comprende. Su saber es una copia de lo que ya ha sido dicho. Que asista, está bien. Que sustituya, no. Bienvenida sea si alivia el brazo. Pero no si pretende ocupar el pecho. Los sentimientos no se programan. Aparecen cuando quieren, demoran el tiempo que han de demorar, y si se los fuerza, se quiebran. Ningún sistema los acelera. Ningún programa los detiene. Lo humano puede perfeccionarse, sí. Pero hay un territorio que la mejora no alcanza: el del afecto, el asombro, lo que pasa sin que uno lo disponga. Esa zona no admite código. Ante lo automático, la respuesta es sencilla: detenerse, hacer algo con las manos, admitir que no todo tiene solución inmediata. La máquina nunca se equivoca por amor. Por eso, en el fondo, nunca acierta del todo.
lunes, 7 de septiembre de 2026
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ORGÁNICO
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