El miércoles el mundo se detuvo. No hubo aviso. No hubo ruido. Llegó el silencio y se quedó. Los trenes no salieron. Las escuelas no abrieron. La gente se quedó en casa sin saber bien por qué. Así nomás. Algunos abrieron cajones que tenían años cerrados. Otros cocinaron esa receta de la abuela que nadie había vuelto a hacer. Algunos se sentaron junto a la ventana y miraron la calle vacía. Sin hacer nada. Sin tener que hacer nada. Todos hicieron eso. Cosas sencillas. Cosas que siempre estuvieron esperando. Y ahí, en esa cocina, en esa mesa, en esa tarde sin apuro, pasó algo. No se puede explicar bien. Como cuando uno vuelve a casa después de un largo viaje y todo está igual, pero uno lo ve distinto. Pasó el tiempo. Los trenes volvieron. Las escuelas abrieron. La gente salió otra vez. El mundo siguió. Pero esa tarde, en cada casa, en cada cocina, quedó algo. Un aroma, una pausa, una forma de mirar que antes no existía. El miércoles el mundo se detuvo. Y aunque nadie lo diga en voz alta, todos saben que, desde entonces, el jueves no es igual.
miércoles, 19 de agosto de 2026
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