La Sagrada Familia no es alta: es firme. Cada torre baja hacia el suelo. No asciende: sujeta. Mi hija la vio a los quince. Yo no estaba. Me contó por teléfono que era enorme. Hoy, a sus dieciocho, volvimos juntos. Se detuvo en el mismo lugar. Miró los andamios y las grúas. Dijo: "Sigue igual". No era queja, era constatación. Entendí entonces que no había vuelto a ver la obra, sino el tiempo que pasa sin cambiar lo que importa. Ella, que ya no vive en casa, que estudia y decide sola, sigue siendo la misma que miró los andamios a los quince. Y yo, que no estuve aquella vez, estoy hoy. El templo sigue igual.
martes, 11 de agosto de 2026
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