domingo, 27 de septiembre de 2026

EN SERIE

     A veces pienso en la primera vez que alguien dijo yo. Debe haber sido un ruido raro. Antes de eso, seguro, todos decían nosotros, o no decían nada. Después alguien señaló su pecho y dijo esa palabra, y desde entonces no paramos. Ahora nos juntamos a repetirla. Cada uno con su yo, como quien lleva una piedra en el bolsillo y la muestra. Yo soy esto. Yo soy aquello. Son piedras distintas, elegidas con cuidado, y las ponemos sobre la mesa para que se vean. Cuanto más rara la piedra, mejor. Cuanto más filosa, mejor. Pero ya no alcanza con mostrarla. Ahora hay que mejorarla. Pulirla un poco más cada día. Compararla con las otras. Ver quién tiene la piedra más grande. Nadie obliga a nadie, eso es lo peor. Nos obligamos solos. Y así, de tanto mostrarnos, de tanto competir por ser el más distinto, terminamos todos iguales: cansados, solos, mirando la piedra del otro. Es un trabajo sin descanso. No hay jefe. No hay reloj. Sólo esa voz adentro que dice podés un poco más. Y uno va. Hasta que un día la piedra pesa demasiado y ya no se acuerda por qué la eligió. Y sin embargo, cuando la reunión termina y guardamos las piedras, por un segundo, antes de irnos, todos somos lo mismo. Un montón de gente cansada, con las manos vacías, mirando la puerta. Ese segundo es lo único que vale la pena. Porque ahí, sin piedra, sin cartel, sin nada que mostrar, aparece lo que siempre fuimos. Y no hace falta decirlo ni señalar nada.




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