Manejo por la autovía. Las ventanillas subidas. El aire de afuera no entra. Así es adentro: un clima propio, una luz propia, un tiempo que no coincide con el de las cosas. Primero los barrios cerrados. Casas iguales, jardines iguales, luces que se encienden a la misma hora. Vidas que se cruzan sólo en la vereda. Las miro pasar sin mirarlas. El vidrio hace su trabajo: muestra y separa. Después el campo. La ruta se alarga. Ya no hay nada que mirar, y eso es un alivio. Conducir así es una forma de no llegar. El movimiento me da la ilusión de que controlo algo. No controlo nada. El aislamiento no es soledad. Esto no duele. Esto es una ausencia de necesidad. No espero nada de nadie. No quiero que nadie espere nada de mí. Creía que la libertad era eso. Pero hay una diferencia entre elegir la independencia y quedar atrapado en ella. El auto no protege. Separa. Un hombre camina por la banquina, lejos, con una bolsa. No lo conozco. No me mira. Por un segundo el vidrio se vuelve transparente. Siento el aire de afuera. Entonces entiendo: no estoy huyendo de los demás. Estoy huyendo de mí. El auto no me lleva a ningún lado. Me mantiene en movimiento para que no tenga que detenerme. Suelto el acelerador. El auto pierde velocidad sin que yo lo decida. Es lo más cerca que estuve de detenerme en años.
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