Equivocarse no es fracasar. Es dejar de vivir pendiente de lo que piensan los demás. La perfección cansa. Pide demasiado y devuelve poco. El error es otra cosa: es la prueba de que uno está haciendo, de que uno decide por sí mismo, de que la vida no se vive para la foto. Cuando uno se permite fallar, algo se destraba. Se respira más liviano. Uno empieza, por fin, a vivir sin el peso del mundo sobre los hombros. Y entiende que el miedo al error paraliza; el que hace, avanza. Aunque a veces haya que desempedrar el camino para encontrar el propio. Nadie te enseña eso. Se aprende equivocándose.
sábado, 19 de septiembre de 2026
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FUERA DE FOCO
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