jueves, 17 de septiembre de 2026

LO QUE QUEDA

     A veces alguien se va y uno cree que se llevó algo. No es cierto. Se lleva el cuerpo, la voz, esa manera particular de decir las cosas. Nada más. Lo que queda es lo que uno puso ahí. Y eso no se pierde. Se vuelve propio. Hay amores que no se apagan con la distancia. Siguen ahí, respirando en otro huso horario, en otra ciudad, en otra cama. No son un recuerdo: son una presencia que insiste. Amar a alguien que está lejos es posible, y no hace falta disfrazarlo de resignación. La distancia no mata: pide paciencia, pide ritmo, pide inventar un idioma nuevo para estar cerca. Una llamada a destiempo. Un mensaje que llega cuando el otro recién despierta. Un silencio compartido a través de una pantalla que, a veces, dice más que cualquier palabra. Es cierto: el amor necesita frecuencia. Necesita verse, escucharse, compartir un mate, una caminata, un domingo. Sin eso, se enfría, se seca, se vuelve idea. Pero no es algo definitivo. No hay un veredicto escrito de antemano. Una relación a distancia no es una condena ni una promesa rota: es un amor que sigue vivo y que elige sostener la espera mientras construye, de a poco, la posibilidad del encuentro. Y entonces uno aprende a vivir distinto. Sin actuar para nadie. Sin ensayar la cara que le gustaría que vieran. Aprende a hacer cosas pequeñas. Elige una música. Camina hasta donde quiere. Come lo que le gusta. Y en algún punto de eso, sin darse cuenta, ya no está esperando con angustia: está viviendo con la certeza de que el otro también está ahí, del otro lado, haciendo lo mismo.




No hay comentarios:

Publicar un comentario

LO QUE QUEDA

     A veces alguien se va y uno cree que se llevó algo. No es cierto. Se lleva el cuerpo, la voz, esa manera particular de decir las cosas....