El que sabía poco tenía una gran ventaja: no perdía tiempo pensando. Decía algo. Ya estaba dicho. Después veía si servía. Casi siempre servía. La gente no busca coherencia. Busca ruido. Y él hacía ruido con una soltura digna de destacar. Lo invitaban a todos lados. Le pagaban. Lo aplaudían. El que sabía tardaba. Cada frase le costaba una tarde. Cuando por fin la soltaba, ya nadie escuchaba. Porque el otro había dicho cuarenta en el ínterin. Cuarenta frases sin filtro. Sin demora. Sin culpa. Tiradas al aire como migas de pan a las palomas. Una vez coincidieron en un jurado. Había que elegir un libro. El que sabía había leído cada uno con detenimiento. El otro no. El otro eligió uno por la tapa. Por el diseño. Ganó la tapa. Esa noche el que sabía volvió caminando. No se sentía derrotado. Se sentía lento. Y la lentitud, en tiempos así, es una forma de silencio. Guardó el libro que había elegido en el estante. Lo puso a la altura de los ojos. Y ahí quedó. Esperando a alguien que llegaría con tiempo. Con hambre. Con ganas de abrir las cosas despacio. Porque lo que no se puede decir rápido no se pierde. Se posterga. Y lo que se posterga, cuando tenga que llegar, llega.
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LA SOCIEDAD DEL RUIDO
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