La muerte de un ser querido no entiende de edades. A los veinte o a los sesenta, el golpe es el mismo. No se llora al anciano: se llora a aquel que estuvo desde el principio, al testigo de todas las versiones de uno. Se llora el velo que cae y deja al descubierto el final. Se llora, sobre todo, el oficio que termina sin aviso. Los años no alivian nada. Que haya sido esperado es un dato, pero el dolor no hace fila; hay que atravesarlo entero. Después, con el tiempo, asoman los gestos heredados, las frases dichas con su entonación, los modos que ya son propios. Entonces uno comprende: no se fueron. Se instalaron. Ya no es necesario buscarlos afuera.
sábado, 25 de julio de 2026
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