viernes, 24 de julio de 2026

DESPERTAR

     Despertar es, siempre, perder algo. Lo que soñamos se desvanece con la luz del día: queda un color, una frase, una sensación sin nombre. Nada más. Pero existe otro despertar, más profundo. Ocurre a pleno día, cuando uno mira su vida y descubre que también en esa vigilia hubo sueños. Se soñó con un país donde la libertad no fuera una consigna. Se soñó con un amor que no pidiera permiso. Se soñó con un mundo que mereciera el esfuerzo de vivirlo. Esos sueños no se borran al abrir los ojos. Se borran en la rutina, en el trato con eso que llamamos realidad. Se borran porque recordarlos duele. Porque, si vuelven, exigen que uno haga algo. Y hacer algo es, ante todo, aceptar que la vida que tenemos es una elección, no un destino. El amor, ese amor verdadero, también se puede ir. No porque muera, sino porque la memoria puede convertirlo en historia, en recuerdo útil, en algo que ya pasó. Buscamos olvidar su fuerza porque la fuerza no cabe en los días que armamos para que todo quepa en orden. Pero hay un momento, a veces, en que la pregunta regresa. No es una pregunta que admita respuesta. Es una pregunta que se instala: si lo que soñamos con los ojos abiertos no era un capricho sino una verdad, entonces el único despertar posible no es recordar. Es no poder seguir dormido.




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