Caminaba cuatro cuadras por el pueblo. Las mismas cuatro, cada día. El chino de la esquina, la plaza, la Municipalidad. Hasta que una mañana, sin que nada lo anunciara, no pudo más. Compró los pasajes y se fue. Ahora camina por la Rambla, pero no es turista. Es un argentino que huyó de su propia repetición. No mira la Sagrada Familia. Mira a los vendedores, a los mozos que arrastran sillas contra el piso. Y piensa: "Acá también hay rutina. Pero no es la mía". Entra en un bar. Pide algo frío. No hace nada. Sólo observa cómo el sol, al fin, se esconde detrás de los edificios y cómo, igual que en su pueblo, la noche cae sin previo aviso. Entonces comprende que no necesitaba cambiar de ciudad. Necesitaba cambiar de mirada. En el avión, cerrará los ojos y repasará las cuatro cuadras. El chino de la esquina, la plaza, la Municipalidad. Pero los verá distintos. Verá la luz de la mañana, el gesto de los vecinos al saludar. Cosas que siempre estuvieron allí, pero que él nunca quiso ver. Volverá a caminar esas cuatro cuadras. Y por primera vez, no tendrá apuro en llegar.
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