La crisis no viene a rompernos. Viene a mostrar que ya no somos aquello. No perdemos. Nos desintegramos. Y desintegrarse puede ser la mejor noticia. El tiempo no es una línea. Es una espiral, una vuelta que no se repite. Volver no es retroceder. Es llegar distinto. Con otra identidad. Nadie nos salva. La sanación es de cada uno. Ser nuestros propios padres: darnos lo que hubo y lo que faltó, cuidarnos, elegirnos. Con miedo, dolor, culpa, enojo, soledad. Y después, con paz, gratitud, amor, libertad, alegría. Agradecerles a los padres, incluso por sus errores. También ellos amaron como pudieron. Sanar no es olvidar. Es transformar el dolor en crecimiento. Cada crisis, una puerta. Cada partida, un renacer. Ser la mejor versión de uno mismo. No la perfecta. La más libre. Nacer y renacer. Siempre.
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NACER Y RENACER. SIEMPRE
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