sábado, 3 de octubre de 2026

TRES VERDADES

     La tarde caía. Él seguía ahí, sentado en la arena, mirando el agua, sin decir nada desde hacía horas. Yo estaba cerca, pero no demasiado. Pensé en eso que pasa cuando uno se acostumbra a otro: las palabras se gastan. Uno dice te quiero y ya no sabe qué está diciendo. Cumple. Funciona. Se olvida de mirar. El mar, en cambio, no se gasta. Sube y baja sin prometer nada, y cada vez que vuelve, vuelve distinto. Él se dio vuelta. Me miró como si yo fuera un objeto que recién aparecía en la playa.

—Voy a dejar de mentirme —dijo.

Y sonrió. Una sonrisa chica, de esas que no se fabrican. Después se fue caminando por la orilla, sin apuro, con las manos en los bolsillos. Yo me quedé un rato más, mirando cómo la noche borraba sus pasos. Después abrí los ojos. La habitación estaba oscura. La playa no existía. Él tampoco. Hacía años que no existía. Pero yo todavía podía sentir la arena en las manos, y esa frase seguía sonando, limpia, como si alguien la hubiera dejado ahí para mí. Me levanté. Fui hasta la ventana. Afuera no había mar, ni arena, ni sol. Sólo la ciudad, indiferente, empezando otro día. Y pensé que empezar de nuevo no es tan difícil. Basta con decir una verdad. Una sola. Y después otra. Aunque el único que la escuche sea uno mismo.




TRES VERDADES

     La tarde caía. Él seguía ahí, sentado en la arena, mirando el agua, sin decir nada desde hacía horas. Yo estaba cerca, pero no demasiad...