El mundo perdió sus templos. Nadie sabe bien quién bendice, quién condena. Entonces uno podría esperar afuera, con la mano extendida, a que alguien le devuelva la fe. Pero eso no sucede. Santificarse es otra cosa. Es quedarse quieto, mirar adentro, ordenar lo que se puede. No hay sacramento más difícil. Consiste en no obedecer a cada impulso, en no entregarle la propia paz al primero que grite. El que logra eso ya está salvado, aunque nadie se lo confirme. Y después, recién después, puede mirar al otro sin pedirle nada. Amarlo sin usarlo. Eso es todo. El cielo no baja. Se construye, en silencio, entre dos personas que se sostienen.
martes, 6 de octubre de 2026
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