Primero fue una moneda. Después, una cifra. Después, la costumbre de dedicar la mayor parte del tiempo a lo que reditúa. ¡Clinc, caja! El dinero se instala y organiza la casa, los horarios, a quién se llama y a quién se deja esperando. Hubo un tiempo de sobremesas largas, de tardes sin apuro, de gente querida sin agenda. Él lo recuerda apenas. La memoria también se terceriza. Llegaron las pérdidas. No queda tiempo ni para el duelo: primero está lo que reditúa. Se contesta después. La casa sigue en orden y el teléfono suma una notificación. Nadie dice nada; todos juzgan en silencio. Y a la ausencia se la llama carácter. La sociedad aplaude al que factura y desconfía del que llora. El éxito exige pruebas: un auto nuevo, una sonrisa de catálogo. Los afectos quedan como gastos deducibles. ¡Clinc, caja! Otra venta. Otra noche de culpa con traje. La belleza era eso: poco. Una mesa, alguien que espera. ¿En qué momento se arruinó la vida? No hubo un día exacto. Fue una suma de pequeños abandonos: el cumpleaños olvidado, la llamada postergada, el "hoy no puedo" dicho tantas veces. Al final, la caja se abre. Adentro no hay nada. Sólo el ruido de haber vivido para ella. ¡Clinc, caja! Y la caja, siempre abierta, cobra.
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viernes, 23 de octubre de 2026
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¡CLINC, CAJA!
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