La civilización moderna no caerá en una batalla. La arrastrará su propia inercia. Su orden vive de la alienación: de un control que se esconde en el mecanismo, del consumo como obediencia, de una decadencia que se confunde con progreso. Cada promesa de elección repite una oferta. Y las elecciones suelen dividirse en dos: un lado y el otro. La promesa va de un extremo al otro; la oferta la acompaña. Ese vaivén se confunde con libertad. Así, el sistema fabrica su propia fuerza de destrucción. Con precisión matemática. Esa fuerza no viene de afuera. Es una corriente subterránea, inflexible, que avanza lentamente. No ataca las estructuras: las deja caer. Primero vacía el lenguaje. Después ocupa las consignas. El poder no crea esa corriente, pero la administra: fabrica enemigos porque los necesita. Le sirven para que reclamen, de manera solapada, las banderas del poder. Sin enemigos no sabría manipular. La victoria no será un asalto. Será una sustitución. Cuando termine el vaciamiento de los valores, no quedará nada que defender. Sólo una forma vacía que pide ser llenada. La corriente no pedirá permiso. Reclamará el control absoluto. No habrá ruina visible. Habrá una administración nueva sobre un mundo sin contenido. El colapso será total. Por eso, silencioso.
jueves, 22 de octubre de 2026
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LA CORRIENTE
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