El ruido no necesita volumen. Le alcanza con ser constante. La calle interrumpe. Pasa un camión, una moto, alguien a los gritos. El ruido no tapa el pensamiento: lo corta y se va. La pantalla hace lo mismo, pero sin sonido. La notificación que no llegó, la que podría llegar. Una vibración que no se escucha pero se siente. Ese ruido impide que una idea se quede quieta el tiempo necesario para volverse pensamiento. Y el peor es el que no viene de afuera. El que se instala en la cabeza y habla solo. Un comentario que se repite, una frase que no dijimos. La sonoridad puede volverse obsesión. El discurso se rompe cuando el ruido gana. No lo contradice: lo desarma. Una idea necesita continuidad para volverse argumento. El ruido la corta y la deja a medio camino. El ruido no es un accidente del mundo moderno. Es su forma más eficaz de disciplina. Un sujeto interrumpido no piensa: consume. Y un sujeto que no piensa obedece sin darse cuenta. El ruido no nos distrae del sistema. Nos distrae de nosotros.
domingo, 25 de octubre de 2026
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