La ciudad de noche no perdona. El zorro urbano lo sabe. No camina: se mueve por donde el mundo apaga las vidrieras. Hay una dignidad en eso que no se ve. Cruza la calle vacía con el cuerpo cansado, calculando. Sin público. Sin aplauso. Sólo la obligación de volver con algo. La ciudad duerme o se entretiene. Él no. Eso hacen ciertos padres. Salen cuando otros vuelven. Sostienen una alerta que nadie agradece porque nadie la ve. No es heroísmo. Es una respuesta instintiva. La responsabilidad verdadera no se vive como sacrificio. Se vive como lo que hay que hacer. El amor no cae del cielo: se sostiene con actos. A veces, incluso, duele. Es una promesa que se renueva cada noche. El zorro no se pierde en la ciudad. La atraviesa. Hay una canción, casi secreta, que alguien le dedicó a ese animal. Pero la melodía verdadera es la que no se escucha: la de los padres que hacen lo que otros no harían, por quienes duermen sin saberlo. Tranquilos. A ellos, siempre, gracias.
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