La gente se nos acerca. Casi nunca por maldad. Tampoco por bondad. Se acerca y listo. Es el modo en que funciona esto de vivir con otros. Quieren meterse, curiosear, corregirnos, dejar su marca en lo que hacemos. Y quizá tengan razón en quererlo. Pero nosotros tenemos otra razón, igual de válida: poner el límite, decir basta. Hasta acá. Eso también es un principio, y de los importantes. Porque el asunto no es quién se acerca ni con qué intención. El asunto es la medida, la distancia justa. Uno aprende, a fuerza de roces, que hay un punto exacto entre dejarse invadir y quedarse solo. No es un punto que alguien regale. Se encuentra. Se ajusta. Se sostiene. La gente avanza. Uno pone el límite. Y encuentra su propia distancia.
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