Uno se cae. No hay música para esa caída. Hace el ridículo, que es, casi siempre, la forma más honesta del espectáculo. La máscara se rompe. El orgullo no sostiene. La frialdad tampoco. Y eso no es el final: es el comienzo. Porque sólo cuando el ego se quiebra aparece lo que somos. No lo que tenemos. No lo que mostramos. No lo que alguna vez aprendimos a fingir con tanta dedicación. Reírse de uno mismo es un acto de libertad. Ahí empieza la resiliencia. Ahí se puede seguir. Sin caretas. Sin mentiras. Sin la coreografía agotadora de parecer. El fracaso es necesario. Nos saca el disfraz. Nos deja desnudos. Y desnudos, por fin, podemos ser. No invulnerables. No perfectos. Seres, apenas: frágiles, reales, respirando.
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ANTES DEL DISCURSO
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